Abordar el tema de la no violencia en el ámbito corporativo es difícil. La complejidad nace de la propia naturaleza de los negocios. El mercado es competitivo, cada empresa lucha por ganarse su rebanada del pastel y debe defenderla para conservarla y hacerla más grande. En general, el lenguaje es equiparable al de una batalla. Claro, eso no significa que debemos andar con la espada desenvainada. El enfoque debe ser diferente y no podemos perder el enfoque y confundir la competitividad con la violencia.
Evidentemente, cuando nos asomamos al mercado y abrimos la ventana al mundo, nos damos cuenta del nivel de agresividad que existe no solo en alguna industria en particular sino en las calles y rincones del mundo. En el entorno empresarial contemporáneo, hablar de “no violencia” puede parecer un desvío semántico más cercano a los discursos sociales que a las juntas ejecutivas. Da la impresión de que estamos hablando de un aspiracional.
Sin embargo, incorporar una cultura de no violencia en la vida corporativa es una estrategia tan poderosa como subestimada. Tal parece que la confusión la propiciamos por el desconocimiento que tenemos del tema. Es decir, no se trata únicamente de la ausencia de gritos o agresiones físicas, sino de un marco ético más amplio que privilegia el respeto, la dignidad y la inclusión como valores fundamentales para la sostenibilidad organizacional.
Es tan triste como verdadero, darnos cuenta de la ignorancia que hay al abordar el tema, así como la hipocresía que hay. Me refiero a que en el discurso todos apoyamos la cultura de no violencia y hacemos poco o nada por evitarla. En las empresas, la violencia puede ser sutil: el silencio prolongado ante un ascenso negado sin explicación, el uso del sarcasmo como herramienta de poder, el micromanagement como forma de control, la marginación de voces disidentes, la presión excesiva por resultados que deviene en agotamiento o burnout. Estas expresiones son microviolencias que, acumuladas, erosionan la confianza y deterioran la cultura laboral.
Así como es sutil, es dañina. Se trata de esas llamadas que se reciben los fines de semana para atender asuntos que no son urgentes, solicitudes a deshoras que no se tratan de una emergencia, se trata del estrés que se genera cuando estamos usando un tiempo fuera de las actividades laborales para ir al dentista, asistir a una consulta médica, hacer ejercicio o salir de vacaciones. Entonces, sin la menor consideración, se irrumpe en un ámbito personal exigiendo en forma aguda, casi sin querer —o en ocasiones como un flagrante reclamo—. Esta microviolencia, esta agresividad disimulada, genera incomodidad, resentimiento, ansiedad y condiciones que no permiten que el trabajo fluya en forma adecuada.
La cultura de no violencia no es utopía: es política organizacional transformadora. Parte de la premisa de que cada interacción importa, y que la manera en la que se gestiona el conflicto, la retroalimentación y el liderazgo tiene efectos directos en la productividad, la salud mental y la innovación. Empresas de clase mundial han demostrado que los entornos seguros y éticos no son un lujo moral, sino una ventaja competitiva.
Incorporar esta cultura implica revisar los procesos de toma de decisiones, establecer protocolos de equidad y bienestar, capacitar a líderes en escucha activa y comunicación no violenta, y tener tolerancia cero ante el abuso de poder. No se trata de suavizar la exigencia o perder la competitividad, sino de dirigirla desde otro lugar: uno donde la fuerza no radica en el control sino en la confianza mutua.
Una cultura de no violencia corporativa propicia un ambiente de trabajo donde se promueve la convivencia pacífica, eliminando cualquier forma de violencia, ya sea física, verbal o psicológica. Implica la creación de políticas claras contra la violencia, la capacitación del personal, canales de denuncia seguros y la promoción de una cultura de respeto y tolerancia. “Y, ahí está el detalle, Chato”, diría el famoso filósofo Cantinflas.
Todas las personas tenemos derecho a vivir libres de violencia y maltrato en los centros de trabajo. Uno de los ejes centrales es la inclusión, entendida como el reconocimiento mutuo a través del cual la sociedad garantiza la igualdad y justicia a grupos, colectivos y personas históricamente marginadas. El propósito fundamental de la inclusión laboral es entonces el acceso a un empleo digno, productivo y bien remunerado a favor de las personas en edad de trabajar sin importar su sexo, preferencias sexuales, edad, discapacidad o embarazo, entre otros motivos.
En tiempos en que la transparencia y la responsabilidad social se han vuelto ejes de valor para los inversionistas y consumidores, las empresas ya no pueden permitirse el lujo de operar desde lógicas verticales y agresivas. La violencia —aunque sea simbólica— es ineficiente, costosa y destructiva. Y hoy, más que nunca, lo que se construye con empatía y colaboración tiene más futuro que lo que se impone desde el miedo.
La cultura de no violencia es, en última instancia, una cultura de futuro. Es hora de integrarla al corazón mismo del negocio. Porque el verdadero poder corporativo se mide, también, en la capacidad de hacer del trabajo un lugar más humano.
Es necesario capacitar y sensibilizar. Hay que tener canales de comunicación seguros para garantizar la resolución pacífica de conflictos, realizar evaluaciones periódicas para medir la efectividad de las políticas y prácticas implementadas y realizar ajustes según sea necesario.
Para ser una organización capaz de participar dentro de un mundo globalizado que revoluciona día con día, es urgente e importante la creación de estrategias para contribuir al desarrollo sustentable de la sociedad, principalmente aportando y ayudando a comportarse con principios y valores para que los individuos puedan transitar en paz y prosperar con libertad, participar en las diversas organizaciones sin presión ni discriminación, mucho menos violencia, conducirse dentro de todas las organizaciones y la sociedad con dignidad y respeto mutuo.
Por: Cecilia Durán Mena
Junio 27, 2025
Fuente: https://forbes.com.mx/sobre-una-cultura-de-no-violencia-corporativa/
