Hoy en día, las organizaciones son increíblemente diversas, en todos los sentidos de la palabra. Los equipos abarcan diferentes generaciones, culturas, especialidades funcionales, niveles de formación, perspectivas políticas y, cada vez más, diferentes formas de relacionarse con la tecnología y la inteligencia artificial. El trabajo está más distribuido, las expectativas son más personalizadas y el ritmo del cambio no deja de acelerarse. Se pide a los líderes que unan a personas que ven el mundo de forma diferente, que resuelvan problemas cada vez más complejos y que actúen con rapidez a pesar de la incertidumbre. Sin embargo, muchas organizaciones siguen teniendo dificultades para aprovechar plenamente el valor de las diferencias que ya existen en su plantilla.
El problema no es la diferencia en sí misma. La diferencia suele ser fuente de innovación, adaptabilidad, una mejor toma de decisiones y una mayor capacidad para resolver problemas. El reto radica en que los seres humanos no estamos dotados de forma natural para gestionar la diferencia sin que surjan fricciones. Cuando las perspectivas chocan, cuando se cuestionan las suposiciones o cuando surgen tensiones, los líderes suelen caer en trampas conductuales predecibles. Estas trampas erosionan silenciosamente la confianza, debilitan la colaboración y merman el rendimiento. Las denominamos «minas terrestres» del liderazgo: dinámicas ocultas que pueden hacer fracasar incluso a los líderes mejor intencionados.
Cuatro «minas» que hacen fracasar a los líderes
La certeza. La primera y quizá más habitual «mina» es la certeza: la convicción de que nuestra interpretación de una situación es la correcta y de que los puntos de vista opuestos son, sencillamente, erróneos.
Todos los líderes han vivido esta situación. Surge un debate estratégico. Un ejecutivo aboga por una inversión agresiva; otro insiste en la contención de costo
- Un miembro del equipo defiende una actuación rápida; otro insta a la cautela. En poco tiempo, la discusión deja de centrarse en la exploración y se convierte en una disputa sobre quién tiene razón.
El reto radica en que las personas prestan atención a información diferente, se basan en experiencias distintas e interpretan los acontecimientos a través de diferentes perspectivas mentales. Dos personas inteligentes y bien informadas pueden analizar la misma situación y llegar a conclusiones diferentes.
Recordamos haber trabajado con un equipo directivo en el que uno de sus miembros, Asher, sentía una gran necesidad de centrar los debates de planificación en alcanzar los objetivos del próximo trimestre, mientras que su colega, Jen, deseaba mirar más allá, hacia una estrategia que preparara mejor a la empresa para crecer a largo plazo. Cada uno de ellos estaba firmemente convencido de que tenía razón y de que el otro se equivocaba, dado el contexto de la situación.
A todos nos viene a la mente alguna conversación o cuestión sobre la que nos sentíamos absolutamente seguros. Las pruebas parecían claras. La conclusión parecía obvia. Cualquiera que viera la situación de otra manera parecía estar pasando por alto algo importante. Es precisamente en estos momentos de confianza cuando la certeza se vuelve peligrosa, porque la convicción sustituye silenciosamente a la curiosidad.
La certeza parece eficaz porque aporta claridad. Sin embargo, a menudo impide precisamente aquellas conversaciones que generan ideas innovadoras. Los líderes que se aferran en exceso a tener la razón corren el riesgo de dejar de lado perspectivas valiosas —y soluciones valiosas—.
Incoherencia. La segunda trampa es la incoherencia: la brecha entre lo que los líderes dicen valorar y cómo se comportan en realidad.
La mayoría de los líderes aspiran a ser colaborativos, inclusivos, respetuosos y de mente abierta. Sin embargo, bajo presión, su comportamiento no siempre se ajusta a esas intenciones. A veces son conscientes de ello; a menudo, no.
Un directivo puede insistir repetidamente en la importancia del trabajo en equipo, al tiempo que premia sistemáticamente los logros individuales. Un líder puede valorar sinceramente la importancia de saber escuchar, pero interrumpir habitualmente a los demás durante las reuniones. A continuación, se presentan un par de ejemplos que nos resultan conocidos y que quizá le resulten familiares:
- Un vicepresidente se compromete públicamente a aumentar la diversidad de género dentro de la organización. Meses más tarde, ese mismo dirigente se ausenta de un importante acto interno en el que se rinde homenaje a las mujeres de la empresa debido a otra obligación profesional. Es posible que esa decisión concreta haya sido totalmente razonable, pero los empleados perciben una desconexión entre los valores declarados y las acciones visibles.
- Un responsable de IT distribuye la nueva guía exhaustiva sobre el uso íntegro de la IA. Una de sus recomendaciones es incluir una nota informativa cuando un porcentaje significativo del resultado de un proyecto o de un texto se haya generado mediante IA. Sin embargo, no revela que, en la elaboración de la propia guía, utilizó la IA para generar casi todo su contenido.
El reto no es necesariamente la hipocresía. Es la condición humana. Todo líder tiene puntos ciegos. A todos los líderes les ocurre, de vez en cuando, que se produce una brecha entre su intención y el impacto real.
Lo que hace que la incoherencia resulte peligrosa es que los empleados prestan mucha más atención a lo que hacen los líderes que a lo que dicen. Cuando las palabras y las acciones divergen, la confianza comienza a erosionarse.
Reactividad emocional. La tercera trampa es la reactividad emocional: el hecho de que las personas respondan de manera diferente —y a menudo con intensidad— ante un mismo suceso.
Un empleado se encoge de hombros ante un comentario directo en una reunión. Otro se pasa días dándole vueltas. Un miembro del equipo agradece los comentarios directos; otro los percibe como una crítica personal. Una persona ve un debate constructivo; otra, una falta de respeto.
La dificultad para los líderes radica en que las reacciones emocionales vienen determinadas por factores que, a menudo, son invisibles: la personalidad, las experiencias vitales, las normas culturales, los niveles de estrés, las interacciones previas e incluso el bienestar físico.
Imagínese que un compañero aporta una idea novedosa a la reunión semanal del equipo. Otro compañero empieza inmediatamente a criticarla y a proponer otras ideas. El primero reacciona, pero el resto de los presentes en la sala perciben, interpretan y responden a esa reacción de manera diferente. Uno de los compañeros se muestra visiblemente frustrado y decide no participar en el debate. Otro responde que las nuevas perspectivas son muy útiles y aporta más ideas propias. Un tercero considera que toda la conversación se desvía del tema y trata de ponerle fin. Todos reaccionan ante el mismo estímulo, pero de formas diferentes, y entre todos crean un círculo vicioso que socava la capacidad del equipo para actuar —o para aprovechar los distintos pensamientos, sentimientos, puntos de vista y experiencias que subyacen a todas esas reacciones variadas—. Cuando los líderes dan por sentado que todos comparten su interpretación, los malentendidos se multiplican.
La reactividad emocional resulta especialmente peligrosa cuando los líderes tachan las reacciones de los demás de irracionales o de exceso de sensibilidad. Actuar así suele agravar el problema, ya que hace que las personas se sientan ignoradas e invalidadas.
El objetivo no es eliminar las reacciones emocionales. Eso sería imposible. El objetivo es reconocer que las emociones forman parte del panorama y abordarlas con curiosidad, en lugar de con juicio.
Justificación. La cuarta mina está oculta bajo las otras tres. La justificación es nuestra tendencia a explicar, defender y racionalizar nuestro propio comportamiento en lugar de examinarlo de forma crítica.
Cuando los líderes están seguros de sí mismos, justifican por qué tienen razón. Cuando actúan de forma incoherente, justifican por qué las circunstancias lo hacían necesario. Cuando reaccionan de forma emocional, justifican por qué su reacción fue adecuada.
Un líder se pierde un evento importante para los empleados y explica todas las razones por las que su decisión tenía sentido. Un directivo desestima la preocupación de un compañero porque «solo estaba siendo realista». Un ejecutivo evita una conversación difícil porque sacarla a colación «solo empeoraría las cosas». En cada caso, la explicación puede ser razonable. Pero la justificación suele impedir el aprendizaje.
La forma más perjudicial puede ser la justificación de la inacción. Los líderes suelen convencerse a sí mismos de que evitar un tema difícil es prudente, cuando en realidad se trata simplemente de una actitud cómoda. Un conflicto queda sin abordar. Se ignora un comentario problemático. Un desacuerdo estratégico permanece sin resolver.
El problema no desaparece. Simplemente pasa a un segundo plano, donde va minando silenciosamente la confianza, el compromiso y el rendimiento.
La justificación transforma momentos de crecimiento potencial en ciclos de actitud defensiva. Convierte la curiosidad en certeza y la responsabilidad en culpa.
Seis medidas que ayudan a los líderes a desactivar las minas terrestres
Afortunadamente, los líderes no carecen de poder. La solución no consiste en eliminar las diferencias, sino en desarrollar las habilidades necesarias para liderar a pesar de ellas. Hay seis acciones de liderazgo que pueden resultar de ayuda.
Conózcase a sí mismo. Todo comienza con la autoconciencia.
Los líderes deben comprender sus propias preferencias, sesgos, factores desencadenantes, suposiciones y reacciones automáticas. Deben reconocer cuándo se está imponiendo la certeza, cuándo se intensifican las emociones y cuándo están racionalizando un comportamiento en lugar de analizarlo.
Un punto de partida sencillo: tras una interacción difícil, pregúntese: «¿Qué estaba sintiendo? ¿Qué suposiciones estaba haciendo? ¿Qué podría haber pasado por alto?».
Cuanto mejor se comprendan a sí mismos los líderes, mejor podrán comprender a los demás.
Vuelva a mostrar respeto. Incluso a los mejores líderes los puede sacar de quicio.
Lo que distingue a los líderes eficaces es su capacidad para recuperarse. Cuando las conversaciones se vuelven tensas, hacen una pausa, reinician el diálogo y retoman la conversación desde una postura de respeto.
Supongamos que una reunión se caldea. En lugar de insistir en su postura, un líder podría decir: «Es evidente que vemos esto de forma diferente. Tomémonos un respiro y asegurémonos de que nos entendemos antes de seguir adelante».
El respeto no es sinónimo de acuerdo. Es la decisión de considerar que las perspectivas de los demás merecen ser tenidas en cuenta.
Fomente la honestidad. La confianza crece cuando los líderes dicen la verdad, incluso cuando esta es incompleta o incómoda.
La honestidad consiste en reconocer la incertidumbre, poner nombre a las tensiones y compartir lo que realmente se piensa, en lugar de esconderse tras los guiones de la organización.
Por ejemplo, un líder que se enfrente a una iniciativa de cambio difícil podría decir: «Sé que a la gente le preocupan algunas cosas. Todavía no tengo todas las respuestas, pero quiero que las debatamos abiertamente».
Esa franqueza suele generar más confianza que una falsa certeza. Sin embargo, seamos claros. Este tipo de sinceridad no prescinde de la empatía en nombre de la honestidad. Existe una conciencia —y, por tanto, una sensibilidad— respecto al impacto que el mensaje transmitido tiene en los demás.
Lea el artículo completo. La mayoría de los conflictos se ven avivados por una información incompleta.
Los líderes eficaces se resisten a la tentación de sacar conclusiones precipitadas. En su lugar, buscan perspectivas adicionales y analizan lo que puede haber más allá de lo evidente.
Un hábito práctico: antes de llegar a una conclusión, pregúntese: «¿Qué más podría ser cierto?». Esta sencilla pregunta abre espacio para la empatía, la curiosidad y la toma de mejores decisiones.
Fomente el espíritu de equipo. Los equipos sólidos no piensan igual. Piensan juntos.
Los líderes crean valor cuando cambian el enfoque de «mi solución» a «nuestra solución». Invitan a aportar perspectivas diversas desde el principio, fomentan la resolución colectiva de problemas y ayudan a las personas a sentirse responsables de los resultados. Crean una sensación de «estamos juntos en esto» al entrelazar perspectivas y puntos de vista dispares, y al aprovechar esas diferencias para generar valor.
Un primer paso sencillo consiste en preguntarse: «¿De quién aún no hemos escuchado su punto de vista?». Esa pregunta por sí sola puede transformar la calidad de un debate.
Comprométase a actuar. Liderar a través de la diversidad no es algo puntual. Se trata de una práctica continua que comienza por uno mismo: ser consciente de uno mismo, volver a respetar tanto a uno mismo como a los demás, decir la verdad incluso cuando resulte difícil, mantener una curiosidad activa y crear modelos de alineación que sirvan de ejemplo.
Los líderes deben reforzar constantemente las expectativas, abordar los problemas de forma directa y asumir la responsabilidad de la cultura que crean.
Tras una interacción difícil, un líder podría volver sobre la conversación, reconocer un error y aclarar las expectativas de cara al futuro. Estos momentos de asunción de responsabilidad refuerzan la confianza en lugar de debilitarla.
El objetivo no es la perfección, sino el progreso.
Convertir la diferencia en una ventaja
La diferencia es inevitable. En las organizaciones actuales, también constituye una de las mayores fuentes de valor sin explotar. Los líderes que tengan éxito no serán aquellos que eliminen la tensión o creen una armonía perfecta. Serán aquellos que reconozcan las minas ocultas que acompañan a la diferencia humana y desarrollen las habilidades necesarias para sortearlas con conciencia, humildad e intención.
Cuando los líderes aprenden a hacerlo, la diferencia deja de ser un problema que hay que gestionar y se convierte en una ventaja que se puede aprovechar.
Julio 15, 2026
Por: Susan MacKenty Brady, Stuart D. Kliman y Leslie C. Smith
Fuente: https://www.rrhhdigital.com/secciones/talento/799015/la-inteligencia-emocional-como-palanca-estrategica-en-la-gestion-de-la-incertidumbre/
